Dolor y sufrimiento, un acercamiento al proceso de duelo

Dolor y sufrimiento, un acercamiento al proceso de duelo

Todas las Virtudes provienen del Amor y todas las Pasiones del Temor.

El Hombre, la Naturaleza y el Universo se comprenden fácilmente a través del desplazamiento entre polaridades: el frío, el calor; la oscuridad, la luz; lo seco, lo húmedo; lo masculino, lo femenino; el ying, el yang; son sólo, algunos ejemplos que nos permiten entender la realidad como un continuum entre opuestos. Esos opuestos son, en la medida en la que nos desequilibramos y nos identificamos en un sólo extremo, los que nos impiden conectar con la otra parte del polo y por consiguiente, poco a poco ir alienandonos de nosotros mismos y de nuestro propio ser.

Así también desde un punto de vista psicológico podemos entender la naturaleza y el comportamiento humano como expresión de de una polaridad básica y fundamental: EL AMOR Y EL TEMOR. El Amor como fuerza integradora al servicio de la cohesión, la unión, y que obviamente nos acerca al entorno. El Temor como fuerza disgregadora, separadora y desvinculante que nos lleva al distanciamiento, al aislamiento.

Todas las Virtudes provienen del Amor y todas las Pasiones lo hacen del Temor.

Y hablando ya acerca del dolor y el sufrimiento, podriamos resumir en que el sufrimiento pertenece al Temor, mientras que el Dolor es la cara triste del Amor. Dos caras de la misma moneda. Mientras el Sufrimiento se alberga en el pasado o en el futuro, el dolor se vive en el presente. Mientras el Sufrimiento está en la cabeza, el Dolor está en el corazón. Mientras el Sufrimiento (nos) separa, el Dolor (nos) acerca. Mientras el Sufrimiento se rodea de resentimiento y culpa, el Amor se rodea de comprensión y perdón. Mientras el Sufrimiento termina en desesperación y angustia, el Dolor en Agradecido Recuerdo*.

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Invierno

Invierno

Y ya llegó. Sí, el invierno.

Ya se han caído todas las hojas, sólo queda el tronco. Toda la parafernalia que adorna al verano, la energía, las ganas de estar al aire libre, el contacto y el compartir con la gente, la luz hasta prácticamente entrada la noche, el calor, se acabo. La naturaleza va muriendo poco a poco, la oscuridad apremia, el frío nos envuelve y todo se retrae. El oso hiberna, así como los roedores, las hormigas y mucho otros insectos y animales de sangre caliente entran en un estado de letargo, inmersos en sus cuevas o madrigueras. Y como animales que somos, creo que deberíamos permitirnos el hecho de no ir contra natura.

img1Ayer entro el solsticio de invierno (21 de Diciembre) en el hemisferio norte, y con él, la llegada oficial del invierno y el día mas oscuro del año. Y es una fecha celebrada por muchas culturas, y que tiene una gran connotación simbólica y una fuerte conexión con lo mitológico y lo psicológico. Entramos en un periodo de oscuridad, de introspección y recogimiento, que permite la renovación y el posterior ascenso de la luz, siendo un ciclo normal de la naturaleza, y del cual antiguamente, el hombre sentía la necesidad de participar. Participar es dejarse entrar y caer en eso, en la oscuridad, en la introspección, en la muerte, morir para que pueda cumplir su propósito el ciclo natural de la vida. Y es que la vida, no sería vida si no hubiese muerte. Y el resurgir no seria resurgir si no resurgieramos de la muerte, por muy pequeña que sea, pero muerte.

Ésta es la que nos sobreviene ahora, la muerte simbólica, o no tan simbólica, de una etapa, que a demás coincide con la muerte o el final de un año, donde si siguiéramos al arquetipo toca la retirada, o como bien dice la gestalt en su ciclo de contacto-retirada, toca el retiro para profundizar con uno mismo, la introspección y asimilación de lo vivido, nutrirse de todo lo experienciado y poder asimilarlo de una forma sana, integrando las vivencias y poder acercarnos un poco mas a nuestra alma, y así soltar el contacto y llegar al reposo. ¿Qué hemos vivido? ¿Cómo lo hemos vivido? ¿Qué hemos aprendido? ¿Qué es lo que ya no nos sirve? Y soltarlo. Quedarse con lo nutritivo y aceptar que se terminó. Y que esta etapa con todo lo que consigo ha traido, ha llegado a su fin.

Es momento de dejar partir situaciones, vivéncias, estados de ánimo, apegos, trabajos, ideas, luchas, esperas, relaciones … y aceptar sanamente ese fin, aceptar el dolor que existe en cada pequeña cosa que muere, porque no aceptar el fin de esas pequeñas cosas es lo que nos genera el sufrimiento, el dolor que sentimos al no avanzar. Porque al final la vida, el camino, es eso, avanzar, y si no avanzamos enfermamos. Y por miedo al dolor de la muerte de una situación, de un estado personal, de una relación, por no asumir ese riesgo, nos perdemos las potencialidades que se generan para nuestra vida y nuestro avance, quedándonos encallados en asuntos inconclusos.

Podemos imaginar que en el solsticio invernal nosotros también hacemos el viaje del Sol, descrito por tantos mitos, hacia el inframundo, donde muere ante las fuerzas de la oscuridad y entierra sus huesos en la tierra para luego surgir otra vez y continuar su ascenso hacia el cenit veraniego. En este proceso hay una alquimia primigenia, cuya observación nos conecta con el instinto de los animales de reservar sus energías en invierno.

El solsticio invernal es también la llegada del signo terrestre de Capricornio, que significa la paciencia, el trabajo y la preparación de la tierra para que retome las cualidades primeras que le permitirán más tarde florecer. Capricornio está regido por Saturno; es seco y frío y dominado por el humor melancólico. Es un signo y un tiempo asociados a la enfermedad y a la depresión. Pero más allá del rechazo inicial tan propio del cristianismo, donde la muerte y la depresión no tienen valor en sí mismas, este temperamento melancólico es históricamente el signo del alquimista, del laborioso y estudioso hombre que logra penetrar la profundidad del misterio. Escribe James Hillman, el psicólogo estadounidense que tomó la estafeta de Jung e hizo que su obra descendiera a lo que John Keats llamó “el valle de Forjar Almas”:

Y, sin embargo, a través de la depresión nos adentramos en lo profundo y en lo profundo encontramos alma. La depresión es esencial al sentido trágico de la vida. Humedece el alma seca, y seca el alma húmeda. Trae refugio, límite, foco, gravedad, peso y humilde impotencia. Recuerda a la muerte. La verdadera revolución empieza en el individuo que puede mantenerse fiel a su depresión. Ni extraerse a uno mismo fuera de ella, atrapado en ciclos de aliento y desesperanza, ni sufriéndola hasta que cambie, ni tampoco teologizándola–sino descubriendo la conciencia y la profundidad que quiere. Así inicia la revolución de parte del alma.

Al terminar el año suele aparecer un estado de recogimiento e incluso una depresión natural, y la entrada del planeta de la melancolía y las dificultades que deben sufrirse para crecer. Y no por ello estoy diciendo que nos apartemos de la vida o que entremos en un sendero sin vuelta atrás, sino que la conjunción de los opuestos es lo que aporta salud y bienestar, así no es de extrañar que la propia muerte aporte vida. En ese descenso a lo oscuro de uno mismo es donde florecerá la semilla de la vida, florecerá hacia el esplendor del verano germinando en un inmenso espacio vital, vacío y dispuesto a llenarse de vida de nuevo, de la alegría que aporta la luz, ya que la vida y la luz son místicamente sinónimos.

imageY aquí viene nuestra cultura con la Navidad, y quizás por esto nos adornan con infinidad de luces las calles y los árboles, porque estamos en época de oscuridad y recogimiento y a nuestra cultura y sociedad consumista le interesa que salgamos a la calle, que compremos, que estemos felices, en definitiva que no estemos en contacto con lo que de fondo se nos está moviendo.  Y digo yo, que tal si nos permitimos estar como estamos, mostrarnos tal cual como nos sentimos y dejamos de actuar como supuestamente la sociedad nos indica o como creemos que la gente va a valorar más. Que tal si nos permitimos este estado de hibernación e introspección, que tal si nos permitimos estar y mostrarnos tristes, estar con nosotros mismos, cuidándonos y dándonos el cariño y atención que necesitamos. Que tal si nos permitimos vivir nuestra vida a nuestra manera, tal y como la sentimos en cada momento? Que tal si nos permitimos la tristeza en lugar de la falsa alegría que promueve la Navidad y que no hace más que esconder una falsa felicidad y una superficialidad exagerada?

Qué tal si en estas fiestas, te permites expresar lo nunca dicho. Qué tal si te das permiso para ser como eres y actuar en consecuencia. Qué tal si en estas fiestas, te recoges con tus seres queridos y permites que te vean tal cual eres, porque así, aunque te cueste, serás mas tú, sentirás más confianza en tí y en los demás, y te sentirás más libre, ya que no deberás ocuparte de esconder nada.

La mayor parte del texto proviene de la fuente original: http://pijamasurf.com/2015/12/solsticio-de-invierno-2015-una-reflexion-sobre-la-muerte-del-sol-y-el-renacimiento-del-espiritu/

Yo robot, yo y mi ego

Yo robot, yo y mi ego

Nunca te ha pasado que ya sabes cómo va a reaccionar determinada persona cuando le digas algo? Sabes de antemano que se lo va a tomar de una determinada manera, o que lo va a ver a su forma. Puede parecer que algunas personas son como robots, están entrenadas y han aprendido a actuar, sentir, reaccionar, premiar, hablar, castigar, demostrar, pedir y todo un sinfín de actitudes que siempre llevan a cabo de la misma forma. Y siempre actuar de esa misma manera les da seguridad, les reafirman y les da la falsa seguridad de ser quienes son, están identificadas con su ego. Y en muchos casos, mas allá de darles seguridad, es una forma de defensa ante el descontrol y el miedo que supondría para ellos mismos actuar de una forma mas abierta y honesta consigo mismos.

yo

Como ya bien definió el casi por todos conocido F. Perls, en el transcurso de nuestra vida, el “yo” que todos somos, adopta una función de identificación que nos dice lo que soy, lo que yo soy. Nos identificamos con nuestro yo, con todo lo que hemos ido aprendiendo en el transcurso de nuestra vida ya sea a través de la educación, de nuestras experiencias y de nuestra vida pasada, por lo que nos han dicho que somos, o por lo que hemos ido aprendiendo de nuestros padres (ya sea por identificarnos con ellos por que los consideramos bueno o por el contrario identificarnos por rebeldía con lo contrario). Por tanto si mi yo dice que soy fuerte, yo tengo que ser fuerte, o si soy listo, tengo que ser listo, o guapo, o feo, o tonto, o lo que sea, pero tengo que serlo siempre. Y lo que implica esta identificación con lo que creo que soy, es que se deja fuera lo que no soy. De esta manera nos creemos que si somos fuertes, no somos débiles, si somos guapos no somos feos, si somos listos no somos tontos, y así podemos ir añadiendo todo con lo cual estamos identificados en nuestra función de identificación como seres, y nos vamos convirtiendo en seres parciales.

Y puede ser que para algunos, o en algunos momentos, esta identificación pueda resultarnos dolorosa, difícil de sostener y mantener en el tiempo y no entendamos qué nos está pasando, que nos sentimos mal, nos duelen nuestras relaciones, etc. Si esta identificación parcial con lo que somos no la hacemos consciente va a intentar instaurarse como una totalidad en nosotros, va a absorbernos y vamos a ir por la vida creyendo que somos de una manera que sólo es una parte sesgada de lo que en realidad somos, ya que esta identificación es solo un recorte psíquico de nuestro ser. Por el contrario asumir que a veces, según con qué, en ocasiones puedo ser tonto, o bueno, o avaro, y en otras puedo ser listo, malo o generoso, nos resultaría más fácil, y sería mas real.

El problema viene cuando esto no nos lo podemos permitir, ya que seguramente estamos más pendientes de lo que tenemos que ser que en realidad de lo que somos, de cómo tenemos que actuar que en realidad de cómo nos surge actuar según lo que sentimos en cada momento. Estar identificado es estar alienado, es estar actuando según unas normas y expectativas que nos transforman en un estereotipo, en un patrón fijo, nos encasillan en una forma de ser, de actuar, de reaccionar, nos etiquetan y nos dejan situados allí de por vida a no ser que pongamos conciencia y nos abramos a sentir y asumir que no somos solo lo que creemos que somos, que no vamos a dejar de ser nosotros por no reaccionar de la manera aprendida, la que creemos que somos.

El tengo que, no es mas que obligación. El tengo que, mas allá de las obligaciones sociales como el trabajo (y otras cosas), nos quita libertad, responsabilidad y nos anula. Nos deja en la lucha por algo que tenemos que ser, o hacer, por la falsa seguridad que nos otorga el saber que seguir siendo así va a hacer que nada cambie y nos sigan aceptando y queriendo, sigamos siendo quienes somos. Y la cosa es que somos más que eso, y que seguiremos siendo en esencia quienes somos aunque salgamos de esa lucha. Es mas responsable decir “elijo” esto, elijo en este momento ser así siendo consciente de lo que conlleva ser así o asá y sostener el miedo a la reacción del entorno.

La dificultad y la resistencia puede venir también cuando al descubrir esto en nosotros nos proponemos un cambio, nos proponemos abrirnos y mostrarnos, dar espacio a otras formas de ser que si bien han estado con nosotros siempre, nunca hemos adoptado. Y ahí es donde nos chirría, donde nos duele, donde nos asaltan lo miedos, a lo desconocido, al dolor, porque esa identificación ha sido una forma aprendida para defendernos. Defendernos ante la falta de amor, defendernos del riesgo al rechazo, al abandono, a no ser importantes, a no ser especiales, los mejores, etc. Y permitirse eso, abrirse a lo nuevo, a ser como uno es realmente, es aceptar que la relación con nuestro entorno puede cambiar, y de echo cambiará, nuestras relaciones sociales van a ser distintas. Cuando ya todos nos conocen de una determinada manera, mostrarse de otra, mas autentica, puede conectarnos con ese miedo a que no gustemos al otro de la manera que somos, a que nos rechacen, a que perdamos amistades o relaciones …

Y ése es un miedo real, y que ineludiblemente va intrínseco a la vida, la perdida. Y como toda perdida conlleva una ganancia, sea lo que sea lo que perdamos vamos a ganarnos a nosotros, con mas amor hacia uno mismo y más dispuestos hacia la vida, a la cual nos debemos disponer abiertos a recibir lo que nos trae, y a dar lo que somos, a dar fruto, a darnos a la vida con lo bueno y con lo malo de nosotros mismos y al mismo tiempo abiertos a recibir del mismo modo lo bueno y lo malo que la vida nos pueda traer. Si se produce una pérdida por ser quien somos, por mostrar un aspecto nuestro que hasta ahora ha estado escondido y al cual el entorno tiene todo el derecho a que no le guste, estoy seguro que valdrá mas la pena quererse, respetarse y ser auténtico con uno mismo que no continuar alienados de nuestra esencia con la única finalidad de que nos quieran, o que no nos dañen.

Entrevista en Radio Salt

foto entrevista miquel gabriel

Foto realizada antes de empezar la entrevista en radio salt

Recientemente he colaborado con la fundación Drissa, ayudando en la reinserción laboral de personas con discapacidad mental mediante una entrevista radiofónica. El programa (en catalán) se llama “ens patina l’embrague“, y más allá de su discapacidad, me pregunto que a quién no le patina alguna vez… Muy contento de ver cómo son capaces de organizar ellos solos una entrevista, y llevar a cabo el magazine con el máximo rigor y la mínima ayuda posible.

Encantado de compartir este momento con estas magníficas personas, y ahora, también encantado de compartirlo en mi blog, para quien quiera escucharlo.

Logo_r_dio1El siguiente reproductor emite la entrevista recortada, o puedes clicar aquí para escuchar el programa completo

Mecanismos de defensa ante la culpa

Mecanismos de defensa ante la culpa

Cómo actúan los mecanismos de defensa para aplacar el sentimiento de culpabilidad. Si has llegado a esta entrada directamente, quizás te interese empezar leyendo la entrada de donde deriva ésta, Sobre el sentimiento de culpa II

  • Introyeccion. La asunción plena de las frases recibidas de nuestro entorno, percepciones sobre nosotros mismos y valores recibidos. Me identifico con mi propio introyecto y en mi relación con los demás no voy a permitir otros puntos de vista ni otras opiniones. Al defenderme mediante la introyección, nos descubrimos imponiendo muchas veces nuestros valores, y debido a mis defensas para proteger mi introyecto, acabo agrediendo hacia afuera, y al hacerlo, el propio acto es de culpa. Debido a mis defensas contra todo eso, aunque sea involuntariamente he causado un daño afectivo.
    Nunca has sentido esa cosa forzada y casi invasiva de que al no compartir lo que tu interlocutor te está diciendo, intenta reiteradamente convencerte? hasta enfadarse contigo si no?
  • Proyección. Poner en el otro todo el reproche interno. Al otro se le hace daño igualmente, por muy sutil que sea, si la manera que tenemos de reprocharnos internamente las cosas la externalizamos y tratamos al otro como nos tratamos a nosotros mismos, le estamos dañando. Nunca has sentido esa cosa de que hacen juicios de valor sobre ti, que en realidad tu no sientes ciertos? Esas cosas que te ponen, generalmente suelen ser proyecciones.
  • Represión. Reprime y reprime su pulsión, y cuando el exterior le moviliza, cuando ciertas cosas se mueven dentro de él, acaba abandonando, lo tira etc.
  • Aislamiento. Un potencial de abandono brutal, de indiferencia hacia el otro. Es un acto de agresión brutal ya que al receptor le daña.
  • Proflexión. Cuando uno es inconsciente no para de dar hasta el infinito. La verdad es que hay un dar que inconscientemente va con letra pequeña. Se da diciendo que no se espera nada a cambio, doy pero espero sin decirte el qué, qué espero de ti, porque se espera que tu tengas telepatía, porque si lo quieres lo sabrás, y lo sepas porque yo no te voy a pedir, porque pedir no se. Y cuando no recibo, el día menos pensado me llega un rencor de tres pares de narices, pero claro, el malo es el otro (no se me puede notar). Y empiezan pensamientos o actitudes como me has traicionado porque no me has dado, con todo lo que he echo por ti, esto es de sentido común, no te das cuenta, si me quisieras lo sabrias, lo habrías visto. La cuestión es que hay que aprender a pedir. Cuánto tiempo voy a estar esperando a que se de cuenta, y si no se da cuenta nunca? Todo eso va generando rencor.
  • Retroflexión. Queriendo ser buen tío, aguanto y aguanto carros y carretas. Pero cuando estoy agobiado cojo y me voy (por ejemplo). En lugar de confrontar el asunto, me voy y no digo nada(es lo mas agresivo). Me castigo a mí pero también castigo al otro con mi abandono y mi indiferencia.
  • Desvalorización. Los histéricos van a por la cosa y cuando la logran hay cierto contento, pero no es lo que se esperaba. Piensa, seguro que hay algo mejor. El foco es en lo que no tienen, y entonces, al que tiene al lado como lo mira?, como lo ve?, como le hace sentir la insuficiencia.

Con todo esto, sí que hacemos daño, y es, cuando nos damos cuenta, un pesar que cargamos. Paradójicamente, estas defensas que adquirimos para defendernos son agresiones que hacemos de manera inconsciente, sin darnos cuenta y con la finalidad de reprimir el sentimiento de culpabilidad, utilizamos estas defensas que lo único que hacen es dañar y mantenernos bloquearnos el contacto con nuestro propio sentir. Asumir y reparar la culpa reprimida nos permite asumir y reparar la culpa depresiva.

Sobre el sentimiento de culpa II

Sobre el sentimiento de culpa II

Para seguir profundizando un poco más acerca del sentimiento de culpa, voy a compartir con vosotros esta otra entrada, extraída en gran parte del postgrado en clínica gestáltica impartido por Jaume Cardona. Voy a empezar por resumir la primera entrada que escribí hace ya algunos días y que aquí ampliaré un poco más.

Haciendo gala de la capacidad de síntesis que me caracteriza, voy a cortar por lo sano y a empezar esta entrada por la vía directa. Recomiendo al lector, que por si algún motivo encuentra fuera de lugar el punto de partida de este texto o si prefiere profundizar en los orígenes de este resúmen lea la primera entra de sobre el sentimiento de culpa.  Así pues allá voy.

Aunque todos sabemos que al nacer, nacemos inocentes (entiéndase exentos de culpa), ya de pequeñitos aprendemos que en nuestro interior existe lo agradable y lo desagradable y que acaba conviriténdose en “dentro de mi existe lo malo y lo bueno”. Ese sentimiento de que no soy correcto, de que cuando lloro molesto, cuando quiero hablar interrumpo, de que no me dejan gritar, que cuando me acerco se marchan, etc va generando esa sensación de que hay algo malo en mí. Va generando ese sentimiento de culpa, esa cosa de que en mi hay algo malo y que al exterior no le gusta.

Con estas vivencias, se van a generar dos cosas:

La primera es que como niños vamos a decidir culparnos a nosotros mismos con tal de preservar el amor en nuestra familia. De esta manera excuso la reacción del entorno y puedo seguir manteniendo (según la inocencia de un niño) la unión familiar y del sistema. Así es como ya desde niños interiorizamos lo malo en nosotros y de donde surge la intensidad de nuestro sentimiento de culpabilidad. Y esa intensidad, nos va a perseguir hasta la edad adulta, acompañándonos en cada proceso de maduración. En los casos más acusados incluso se puede llegar a desarrollar el sentimiento de “Soy culpable de ser”, mi existencia genera mal estar, porque cuando reclamo atención me rechazan, cuando lloro molesto, cuando hago algo mal me gritan, o cuando no lo hago también, y aquí cada uno puede añadir de su propia cosecha esas vivencias infantiles en las que siente ese miedo a que le retiren el amor y que no viene de otro sitio que de esos mandatos internos que vivimos de pequeños y que nos hicimos nuestros, auto culpándonos para poder seguir queriendo a las personas que teníamos de referencia.

La segunda cosa que se genera son las auto exigencias, los mandatos internos, los deberías, los tienes que … Esa voz interna que nunca esta satisfecha con nuestro comportamiento, nunca reconoce, siempre pide más, nunca es suficiente y es en definitiva, lo que va a desembocar en el aspecto más neurótico: la culpa persecutoria. Esa especie de ojo que todo lo ve, esa especie de cosa que está constantemente al acecho, me vigila, genera auto acusaciones, recriminaciones, rencores etc. Son muchos los ingredientes ante los cuales un niño es sensible de sentirse así, muchos los componentes que pueden hacerle creer que ciertos aspectos suyos no son bienvenidos en el mundo que le rodea y le hacen sentirse en peligro de abandono o de castigo, la cual cosa, si sucede, ratificaría que eso que percibe de él es malo y real.

Es evidente que cada uno de nosotros hemos vivido infancias distintas y las relaciones con nuestros familiares distan mucho entre sí. No todo el mundo tiene el mismo sentimiento ni intensidad de culpa, ya que ésta depende de:

  • Las cosas que hemos asimilado como malas en nosotros (enfadarme, rabieta, llorar). Esas actitudes mías que han rechazado desde mi mundo exterior y me hacen sentir que eso que hay en mí, eso que me genera ganas de llorar, o de enfadarme, es malo, es rechazado por mi entorno y yo me lo siento como mío. Algo en mi es malo.
  • Como me identifico con esas cosas malas (que grado de maldad le doy yo a esas cosas)
  • Como nos defendemos ante esto (técnicas del caracter)

Por otro lado, la culpa persecutoria todos la sentimos en mayor o menor medida. La mayoría de nosotros nos sentimos culpables: con 1 año y medio o dos, ya se empiezan a generar ciertos pensamientos como “yo no puedo generar esto en los demás”. En esta edad, en algunos casos ya empiezan los mandatos externos “niño no llores”, “tal como eres nadie te va a querer”, etc. Diríamos que lo que empieza a perseguirnos de aquí en adelante es el miedo a no ser amados y la indignidad ante la reacción del entorno (en forma de mandatos para que eso no suceda), y de la cual nos sentiríamos culpables, avergonzados debido a nuestros sentimientos, comportamientos y actitudes.

Es que hay cosas muy fuertes para un niño (tal como eres nadie te va a querer, ven luego, llorar es de niñas, todas estas frases (introyectos) dichas a un niño van generando un sentimiento de frustración, humillación, y sentir que está decepcionando al padre, sentir que papá o mamá por una actitud mía me retira amor, es lo peor para un niño.

Y así vamos haciéndonos mayores y debido a la presión de todo esto, llegamos a los 6, 7 años bien cargados, muchos o algunos de nosotros habremos topado con la cosa esa de la culpa de ser, la persecutoria. La sensación de yo no tendría que haber nacido. Sentirse como una anomalía, algo que no toca, he nacido y he venido a dar el coñazo. Éso genera un problema de base importante. Además, se nos van añadiendo las reacciones del padre, de la madre, etc y se van preparando las vivencias de indignidad, vergüenza, asco, etc. Y paso a paso vamos adquiriendo una vida en la que vivimos clandestinamente, ocultos. Y es porque si de verdad nos mostramos, lo que se nos viene encima es todo nuestro pasado, la indignidad, la vergüenza, el asco (soy asqueroso), la repulsión propia. Encima luego se añaden las órdenes y sentencias (tu debes, tu tienes que, tu has de), y nos plantamos en la infancia con una buena carga.

Con todas estas cosas buenas que ya nos suceden de niños, no es de extrañar que poco a poco aprendamos a defendenos, y lo hacemos a través de los mecanismos de defensa. Creamos el mecanismo para hacer que la cosa me afecte lo menos posible. Son posiciones para que se anestesie lo máximo posible esa sensación y no son más que castigo, castigo hacia nosotros mismos o hacia los demás, aquí encaja la frase esa de que “no queriendo sentir mi propia culpa, acabo haciendo otras cosas que sí que de verdad me hacen culpable”

En contraposición a la posición defensiva de defendernos inconscientemente, podemos optar por el arrepentimiento, que tiene que ver mucho con el pesar, no con el dolor generado al otro sino también con el propio dolor que se siente, el dolor que uno también ha causado. Cómo me enfrento al hecho de que yo también he generado dolor? Con toma de conciencia, ir desgranando y comprendiendo la propia historia, las causas que generan los comportamientos, los mecanismos de defensa que he utilizado.

En el trabajo con la culpa hay que que querer mirar. Empezar a ver (cosa poco fácil), darse cuenta de esa parte en la que ahora ya no hay tantas responsabilidades externas, las cosas que nos ocurren son internas. Lo único que nos puede redimir de la culpa es aprender, aprender en lugar de castigar y seguirnos castigando con nuestras defensas. Todo momento es bueno para darse cuenta, no importa la edad que se tenga. El no asumir mi culpa interna me lleva a hacer qué? A huir toda la vida. A huir de uno mismo y del contacto con la vida.

La mirada comprensiva que da ver cómo llegamos al mundo, cómo somos recibidos, cómo crecemos y cómo somos lanzados a vivir, es lo que cura. A partir del momento en el que somos lanzados a vivir es cuando vamos a aprender cómo vivir y durante este proceso de aprendizaje nos vamos a hacer daño, nos van a hacer daño y vamos a hacer daño. Y lo único que tenemos y podemos hacer ante eso es aprender. La alternativa a eso es castigarnos.

Entender que esto del vivir es complicado, cuando aparece en un primer momento la figura materna, posteriormente el padre y más adelante se va conformando una percepción de que fuera hay una relación (madre y padre) y que yo estoy en medio, y que mis actos pueden afectar esa relación. Ya más mayores, para algunos la percepción es de yo con migo mismo, para otros empieza a coger fuerza el papel del otro, yo y el otro. Si relacionamos esta percepción con la parte buena y mala que hay en mí, de repente el otro (papá, mamá, hermanos) también se nos aparecen con sus partes buenas y malas y por lo tanto nos relacionamos desde estas partes. A los niños les cuesta mucho asumir la maldad de un padre o una madre. Y vamos a ir tomando conciencia de que dañamos, que decepcionamos. La toma de esa conciencia es necesaria: saber que podemos causar daño es importante, una para entender que ciertos daños existen en la condición humana (por ejemplo en el que una relación no funcione por decisión mía, si no me siento feliz es lógico que no quiera seguir y la decisión implica un daño), la otra lo que nos enseña el proceso de socialización: que hay daños que no hay que causar (no robarás, no matarás), la conciencia de lo que hacemos nos ayuda a aprender y nos damos cuenta de que hay que ir con cuidado con ciertos comportamientos porque el otro también existe, merece respeto, etc, y podemos hacerle daño.

Ir conociéndonos, ver nuestra máscara, ver lo que reprimo (lo que reprimo no se esta quieto), el paso de abandonar la defensa del sentimiento de culpabilidad también incluye abrirse a las cosas que hemos hecho nosotros, y ése es un paso que da miedo porque con todos nuestros juicios internos, nuestros auto reproches, nuestros mandatos, nuestro policía interior, no sabemos si nos vamos a acabar de ejecutar. Por eso da tanto miedo dejar la culpa neurótica y pasar a la culpa depresiva de verdad donde realmente vemos “qué he echo”, qué he hecho de verdad. Poder llegar un punto de comprensión donde en alguna época de mi vida no supe más, no vi más, pero si veo de verdad, si miramos con cuidado, tanto me tengo que acusar? sabíamos tanto de las cosas? éramos inconscientes, la cosa no daba para más. La cosa merece perdón o castigo?

Ése es el punto de comprensión, entender cómo hemos llegado a este fenómeno de vivir. A caso llegue aquí sabiendo cómo relacionarme? He llegado preparado para no dañar? para no dañarnos? salimos al mundo con conocimiento para saber amar?, sabemos sostener frustraciones?, rechazos?… todo eso es lo que vamos a tener que aprender, a conocernos, y a conocer al otro, que el otro existe mas allá de mí… sino, nos pasamos media vida entre todo este meollo, y al darnos cuenta y sacar la cabeza para ver como arreglarlo vemos un gran trabajo y elegimos no mirar. Y seguimos igual, relacionándonos con el mundo como me he relacionado hasta ahora. Con eso nos vamos a tener que ver, con nuestra dificultad y con la dificultad de los otros. Y echar la vista atrás y mirar todo esto sólo tiene un sentido: querer aprender. No quiero hacerte daño y si te hago daño es por cosas que en la vida ocurren, no es tan fácil ser humano.

Si conseguimos llegar a este punto, aparece el pesar. El aceptar que me pesa haber actuado así. Sentir el pesar de lo que me he dañado y lo que he dañado y poder estar con eso sin juzgarme. Hoy tengo la posibilidad de mirarlo y sólo si lo miro puedo entrar en la posibilidad de cambiar algunas cosas. En la medida en que logro eso, asumo la libertad, la responsabilidad y la posibilidad de aceptar y de perdonar. Perdonarnos. Perdonarnos por habernos castigado.
Es muy importante entender el arte de la aceptación, el aceptar la condición humana. Somos humanos y así vivimos. Sino vemos esto, sino lo aceptamos y nos liberamos de ello, no nos queda otra que castigar y castigarnos, no hay más.

Una mirada simplemente de eso, una mirada que lo que quiere es comprender el sufrimiento para dar paso al dolor, y ser un poco mas libre luego, ser mas libres por haber afrontado nuestra vida como es y por haberla podido mirar.

fotos por Christian Berthelot