¿A qué llamamos sombra?

Se denomina sombra a aquellas partes de nosotros mismos que no podemos aceptar, que no se corresponden con nuestro ideal del yo y a menudo tampoco con los valores impuestos por la familia o la sociedad, razón por la cual las reprimimos y las proyectamos en otras personas, que son objeto de nuestros reproches. Junto con la sombra personal existe también la sombra colectiva. Respecto a la sombra personal, comprobamos que quien se percibe a sí mismo como generoso tiene a su mezquindad en la sombra. Quien se presenta a si mismo como pacífico tiene su agresividad en la sombra y puede ser agresivo cuando esta se constela.

¿Cuándo aparece la sombra?

La sombra puede experimentarse si estamos atentos. Por ejemplo, cuando queremos responder de forma muy amable a una persona que por dentro nos enfada, pero el enfado se percibe a través de nuestra voz. Si nos damos cuenta del tono duro que empleamos y elegimos no reprimirlo, no nos quedará más remedio que cambiar la imagen de persona amabilísima que tenemos de nosotros mismos, lo cual no es fácil porque no se corresponderá con nuestra imagen ideal. Y, cuando nos damos cuenta de que no nos parecemos a nuestra imagen ideal, reaccionamos con inseguridad y miedo.

Nos encontramos con la sombra también en los sueños. Por ejemplo, aparecen atracadores, personas codiciosas, carteristas, sádicos, asesinos, etc. Si sentimos un rechazo casi insuperable al tener estos sueños y al recordarlos, eso tiene que ver con la sombra. No en el sentido de que, por ejemplo, seamos unos asesinos, sino como una indicación de que también experimentamos dentro de nosotros características que asociamos con los asesinos. La diferencia entre nosotros y los criminales es que normalmente nosotros podemos controlar conscientemente nuestros impulsos asesinos. Pero tiene mucho sentido hacernos conscientes de que, por ejemplo, a la vista de una determinada situación, también sentimos ira asesina o podemos actuar destructivamente, o sea, que no lo tenemos tan claro como esperamos de nosotros mismos. No somos lo que nos gustaría ser. La sombra nos muestra que no solo no somos como nos gusta vernos, sino que nos confronta con el hecho de que precisamente aquello que no consideramos en nosotros mismos y que descartamos de manera consciente una y otra vez, sigue estando dentro de nuestra alma o psique.

¿Dónde aparece la sombra?

De todas maneras, no es en nuestra psique donde encontramos primero a nuestra sombra, sino que la proyectamos en otras personas. Podemos despotricar todo lo que queramos sobre el latrocinio cometido por alguno de nuestros semejantes: no nos limitamos a describir con deleite sus prácticas, sino que los juzgamos y condenamos, mostrando con ello que somos mejores personas. En el interés que mostramos por la persona que atrae nuestras proyecciones -que puede ser que esté robando de verdad- estamos viviendo en parte nuestra sombra. Con el juicio moral contra esta persona ciertamente nos distanciamos, lo que significa que sentimos alivio por un momento -nuestra sombra entonces no está tan reprimida-, pero no asumimos ninguna responsabilidad por la sombra que proyectamos. De esta forma no tenemos que soportar el conflicto moral.

¿Cómo traerla a nuestra conciencia?

Hacerse consciente de la propia sombra significa preguntarse que es lo que nos enfada del hecho de que alguien robe, aunque ello no nos perjudique directamente, pero eso en realidad no nos lo preguntamos casi nunca. A menudo proyectamos nuestra sombra sobre personas que están muy leJos ,(es lo menos peligroso para la sombra), desconocidos, personas que estan en paises lejanos o pertenecientes a minorías o grupos marginales. En estos casos deberíamos preguntarnos en que lugar de nuestra vida tenemos esas características que les atribuimos a los otros y que pueden llevamos a formular prejuicios globales como, por ejemplo, que los italianos hacen siempre mucho ruido.

A lo meJor tenemos nosotros también una parte a la que le gustaría ser alguna vez algo más ruidosa, más alegre, expresarse con menos control de lo que nos permiten nuestras propias normas.

Trabajando con mi propia sombra

La aceptación de la sombra implica, por tanto, darse cuenta de que la sombra nos pertenece, para evitar su proyección. Esto supone un conflicto que mina nuestra autoestima, pero, una vez aceptado, nos aporta alivio, libertad y nos fortalece. Nos supone un conflicto porque nos lleva a aceptar que tenemos esas caras o facetas que rechazamos profundamente, pero que no podemos ocultar porque se hacen visibles en nuestro comportamiento. Ataca nuestra autoestima mientras que esta autoestima siga basándose en identificarnos solo con nuestros aspectos buenos. El alivio viene a través de la aceptación de la sombra porque de esta manera no nos vemos obligados a reprimir constantemente alguna parte de nosotros, no nos vemos continuamente obligados a ser mejores de lo que somos. Esas partes además muy a menudo están dotadas de una gran energía y vitalidad. Y es que la sombra no es solo aquello que normalmente designamos como malo moralmente. En esas facetas que no podemos aceptar, que quizá tampoco son aceptadas socialmente, yace a menudo algo que nos resulta peligroso, pero también algo extraordinariamente vivo y vital.

Aceptar mi propia sombra

La aceptación de la sombra trae consigo amplias consecuencias. Si conocemos nuestra sombra y aceptamos su existencia, contamos también con la presencia de la sombra en otras personas. Nos mostramos más benevolentes con respecto a debilidades y fallos ajenos y nos volvemos más tolerantes. Si la aceptación de la sombra fuese un valor apreciado colectivamente, sería más fácil reconocer los errores. Esta tolerancia o solidaridad se extendería también a grupos marginados; la aceptación de la sombra tendría por tanto consecuencias para la psicología social. Las personas pertenecientes a grupos marginados a veces nos molestan, ya que personalizan los aspectos de sombra del establishment. La aceptación de la sombra se convertiría en una condición no solo para la democracia, sino también para la solidaridad y tendría también su importancia a nivel político. Con el tiempo nos veremos obligados a practicar esta aceptación de la sombra. A menudo proyectamos nuestra sombra en personas que se encuentran lejos, con tal de que no vuelva a nosotros. Como resultado, tenemos miedo de estas personas y armamos ejércitos contra ellas, no sea que nos ataquen. En lugar de temer a nuestra sombra, tenemos miedo de las personas sobre las que la proyectamos. Pero el mundo se hace de esta manera cada vez más pequeño y, tarde o temprano, nos encontramos con esas personas y nos damos cuenta de que no son así. ¿Qué hacemos con nuestra sombra? La solución es aceptarla.

Viviendo con mi sombra

Que queramos vivir con nuestra sombra no quiere decir que permitamos todos sus aspectos en nuestra vida sin observarlos previamente. Con toda seguridad, en la sombra yace escondida mucha energía y muchas ganas de vivir: solo hay que pensar en cuántas cosas gozosas hemos demonizado y a lo mejor podríamos recuperar parte del disfrute perdido. Es nuestra responsabilidad hacernos cada vez más conscientes y responsables de nuestra sombra y de lidiar con ella una vez aceptada. Para poder aceptar la sombra son necesarias algunas cualidades, además de la ya mencionada responsabilidad. Cada actitud consciente desplaza otros valores a la «sombra». Es necesario resistir una y otra vez la confrontación entre el yo ideal y la sombra.

Bibliografía

La dinámica de los simbolos.
Fundamentos de la terapia junguiana. 

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